Cómo poner límites a nuestros hijos

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

El éxito en la educación de un niño reside en proporcionarle amor y disciplina a partes iguales. La combinación de ambos elementos crean un entorno seguro, un espacio de protección que permitirá al niño desarrollar una sana autoestima.

En el artículo de la semana pasada, hablamos de la importancia que cumplen los límites en el desarrollo afectivo de nuestros hijos. Crecer sin ellos puede ocasionar dificultades para desarrollar empatía y amar en la edad adulta. La ausencia de límites en la infancia predispone a entrar en relaciones de sumisión, a desarrollar depresión, ansiedad, conductas violentas y adicción al alcohol y otras drogas.

En el artículo de hoy vamos a explicar cómo aplicar la disciplina en la educación de nuestros hijos. Lo primero que debemos tener en cuenta es que los límites son un derecho de los hijos, no de los padres.

Por ejemplo, si una pareja manda a su hijo de 14 años a las 20:00 a la cama porque desean estar a solas no se puede decir que estén poniendo límites a un adolescente, no sólo por lo inadecuado del horario sino porque la razón no es educar sino sacar un beneficio. Lo mismo sucede con el exceso de tareas domésticas que algunos padres exigen a sus hijos bajo el pretexto de que aprendan a ser responsables. No es lo mismo pedirle a un niño que haga su cama y recoja su plato que exigirle que limpie la casa porque sus padres trabajan muchas horas. Es importante distinguir las necesidades de nuestros hijos de las nuestras, son sus necesidades las que deben orientarnos a la hora de establecer los límites.

Una manera de establecer los límites en la práctica es estableciendo normas. Y un buen ejercicio para saber si estamos poniendo límites adecuados a nuestros hijos es reflexionar sobre qué normas hemos establecido que deben de cumplir y qué consecuencias tiene no cumplirlas.  Sugiero al lector interesado que se detenga aquí, tome papel y lápiz y conteste a estas tres preguntas:

  1. ¿Qué normas impongo a mis hijos?
  2. ¿Qué consecuencias tiene cumplirlas?
  3. ¿Qué consecuencias tiene no cumplirlas?

Quienes hayan podido contestar las tres preguntas, van por el buen camino, pues las normas y sus consecuencias deben ser explícitas y conocidas por padres e hijos. Para aquellos que no hayan podido contestar, nunca es tarde para elaborar una lista. Puede ser útil hacerlo por áreas, por ejemplo:

  • Normas relacionadas con los hábitos de comida, higiene y sueño
  • Normas relacionadas con la convivencia familiar
  • Normas relacionadas con el estudio
  • Normas relacionadas con el ocio y tiempo libre
  • Normas relacionadas con el uso de las nuevas tecnologías

Una vez que hemos hecho un listado de normas, debemos asegurarnos de que éstas cumplen las siguientes características:

  1. Las normas deben ser necesarias, es decir, deben tener un objetivo claro en la educación de nuestros hijos, no se trata de demostrar quién manda.
  2. Las normas no deben ser excesivas. Si ponemos demasiadas normas, probablemente ninguna se cumplirá.
  3. Las normas deben ser claras. Por ejemplo, la norma no puede ser “portarse bien” o ser “un buen estudiante”. Estas normas son muy ambiguas ¿qué significa ser un buen estudiante?, ¿hacer los deberes todos los días? ¿sacar sobresaliente? ¿aprobar todas las asignaturas?
  4. Las normas deben estar basadas en conductas: En lugar de decir “ayudar en casa” es mejor decir “Tienes que poner y quitar la mesa”.

Debemos de pensar también cuáles serán las consecuencias de trasgredir las normas y tener en cuenta que éstas deben ser proporcionales al incumplimiento, ni mayores ni menores. No es lo mismo no entregar un trabajo escolar, que falsificar la firma de los padres en la entrega de las notas y las consecuencias por tanto han de ser distintas.

Las consecuencias nunca deben incluir castigos físicos, humillaciones o retirada de afecto. Algunos padres dejan de hablar a sus hijos cuando se enfadan con ellos, esto es un error que puede traer consecuencias emocionales negativas.

Si hemos hecho una lista de normas y hemos verificado que cumplen las cuatro condiciones anteriores, el siguiente paso es comunicárselas a nuestros hijos.

¿Cómo debemos hacerlo?

  1. Con afecto y tranquilidad y explicando por qué creemos que es importante cumplir la norma.
  2. Con anticipación. Nuestros hijos deben conocer de antemano las consecuencias de cumplir o trasgredir las nomas, de esa manera les ayudamos a ser responsables, puesto que las consecuencias de sus actos dependerán de ellos. Una manera eficaz de poner las normas con anticipación es comunicárselas a nuestros hijos y escribirlas en una pizarra a la vista de todos.
  3. Con coherencia. Por ejemplo si hemos establecido que la norma es hablar sin gritar y nosotros hablamos gritando estamos siendo incoherentes. Tenemos que poder cumplir las normas que establecemos para nuestros hijos, de lo contrario les estaremos dando un mensaje ambiguo.

Ahora viene lo más difícil de todo. ¿Qué pasa cuando nuestros hijos trasgreden las normas que hemos establecido y que ellos conocen? La trasgresión de la norma debe tener las consecuencias que dijimos que tendrían. Hay una serie de pautas que debemos seguir a la hora de aplicar las consecuencias de trasgredir las normas

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Foto: (CC BY 2.0) – Donnie Ray Jones – Mother and Daughter

La importancia de los límites en la educación afectiva de nuestros hijos

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

Hace dos generaciones las mujeres querían dar un hijo a sus maridos. Hoy quieren dar un padre a su hijo. Los valores familiares se ponen en marcha en torno al pequeño. Esta ‘pasión por la infancia’, que organiza los entornos afectivos de los niños estadounidenses y que acaba de poner pie en Europa, produce bebés gigantes de narcisismo hipertrofiado. Él es quien desde ahora posee la autoridad”. B. Cyrulnik

En ningún otro momento histórico los padres han tenido tanto acceso a la información sobre cómo educar a los hijos. Manuales, escuelas de  padres, psicólogos, pedagogos, etc. Podría decirse que estamos en la era de la infancia, aunque paradójicamente cada vez nacen menos niños en los denominados países desarrollados. Algunos autores han hablado del niño como el nuevo artículo de lujo de nuestra sociedad. Las personas tienen cada vez menos hijos y los tienen cada vez más tarde. Esto los convierte en niños muy deseados. Este fenómeno revierte en un aumento de los ‘bebés grandes’ que retrató el cineasta japonés Hayao Miyazaki en el bebé de Yubaba, la bruja de su famoso largometraje de animación ‘El viaje de Chihiro’.

Los ‘bebés grandes’ son niños mimados que no alcanzarán la madurez emocional.

Cuenta Cyrulnik en su libro ‘El amor que nos cura’ que el 25 por ciento de las llamadas telefónicas dirigidas a asociaciones contra los malos tratos son efectuadas por padres. Algo similar ocurre en Japón, donde el fenómeno del adolescente tirano desespera a toda la población. Mientras, en China, tras la entrada en vigor de ley del único hijo, se ha registrado un aumento considerable de los diagnósticos de trastorno de hiperactividad.

Sabemos desde hace tiempo que los hijos de familias numerosas presentan mejor salud mental y es muy probable que se deba al establecimiento de los límites. Donde fallan los padres, los hermanos establecen las normas. En las familias numerosas, los niños tienen que lidiar con la frustración de no poder obtener la atención desmedida que a menudo recibe el hijo único.

La disminución de las familias no es el único elemento en juego, pues podría compensarse con la implicación de otras personas en la educación del niño, como solía ser el caso de los maestros, ahora atemorizados por padres de bebés gigantes. Actualmente, los padres son los únicos adultos con legitimidad para ejercer la disciplina, pero esto no siempre ha sido así. La disminución del sentimiento de comunidad, la individualización, así como la falta de conciliación de la vida familiar y laboral, dan paso a padres que llegan a casa agotados y que, a menudo, se sienten culpables del poco tiempo que pasan con sus hijos.

En este artículo vamos a hablar del papel que juegan los límites en el desarrollo afectivo infantil, así como de las graves consecuencias que la ausencia de límites tiene sobre la salud mental de los adultos.

Puede pensarse que la ausencia de disciplina genera individuos maleducados, pero las consecuencias van mucho más allá de eso. Los niños a los que no se les ponen límites tienen serias dificultades para desarrollar empatía y amar en la edad adulta. También son más propensos a entrar en relaciones de sumisión, a desarrollar depresión, ansiedad, conductas violentas y adicción al alcohol y otras drogas.

Cuando nacen, los bebés dependen de sus madres para regular el afecto. Conforme van creciendo y ganando en autonomía, van poco a poco aprendiendo a regular sus emociones a través de los límites establecidos por el mundo físico (por ejemplo si toco algo caliente, me quemo) y aquéllos que imponen los padres (si no comparto los juguetes, mamá se enfada y me los quita, es muy frustrante tener que compartir pero es peor no hacerlo). Los límites generan el equilibrio entre la curiosidad y la seguridad, ambas imprescindibles en el desarrollo afectivo.

La curiosidad es un elemento fundamental para la salud mental. Los niños pequeños nacen con ganas de explorar el mundo. Tienen curiosidad por los objetos físicos y por las personas. La curiosidad es la base del deseo, de la motivación, es el motor que nos lleva a probar un plato nuevo, terminar de leer un libro o preguntar a una persona por su estado de ánimo. La curiosidad se traduce en un esfuerzo para alcanzar una respuesta, para saber. Para que haya curiosidad tiene que haber estimulación, pero un exceso de ésta produce el efecto contrario. Esto les sucede a muchos niños y niñas hoy en día.

Cuando a un niño se le da todo hecho se mata su curiosidad y su capacidad de esforzarse para averiguar lo que quiere. Esto genera aburrimiento y puede facilitar estados depresivos o la búsqueda de estímulos extremos para salir de ese mundo plano. Estos estímulos extremos pueden abarcar las conductas de riesgo, el abuso de drogas o incluso la violencia.
Un arquetipo que representa muy bien este último caso es el del personaje de Joffrey, el pequeño rey tirano de la famosa saga ‘Juego de tronos’. Alguien que lo ha tenido todo, incapaz de tolerar ninguna frustración, necesita buscar emociones extremas y lo hace a través de la violencia y la crueldad. El personaje de Joffrey es incapaz de sentir empatía o amor hacia otro ser humano. Y es que el desarrollo de la empatía también requiere de la curiosidad, de querer saber sobre el estado interno de los demás.  Lee el artículo completo

 


 

Foto: (CC BY 2.0) –  Mindaugas Danys – scream and shout