Poder, rivalidad y conflicto en las relaciones de pareja

 

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

Que mala fama tienen las palabras “poder”, “rivalidad” y “conflicto” y sin embargo forman parte de nuestras relaciones desde el comienzo de nuestra vida.

Asociamos la palabra poder a la codicia y el sometimiento, pero en psicología el poder se define como “la capacidad de influir en la conducta del otro”. El poder nos ayuda a sobrevivir desde que nacemos. Para comprender mejor la relación poder-supervivencia, intente el lector contestar a la siguiente pregunta, pensando en una madre con su bebé: ¿Quién tiene más poder en esa relación? La respuesta habitual suele ser: la madre. Si transformamos la pregunta en: ¿Quién tiene más influencia en la conducta, emociones y reacciones del otro? Sobreviene la duda. Muchas madres se apresuran a contestar que el bebé. Cuando el bebé llora, la madre suficientemente buena (concepto de D.W. Winnicot) se desvive por atender a su retoño. A cualquier hora del día y de la noche, le dará de  comer, le cambiará el pañal, le mecerá, le arrullará, podrá a su disposición todos sus recursos para devolver a su hijo a un estado de calma.

Este ejemplo nos sirve para ver el poder y la influencia desde otro prisma. Cuando el bebé ejerce su poder/influencia para llamar la atención de sus padres y éstos acuden a satisfacer su necesidad, estamos ante un sano equilibrio de poder/influencia. El bebé necesita tener poder para sobrevivir, al mismo tiempo que necesita una madre poderosa, capaz de atender sus necesidades e influir positivamente en sus afectos. Cuando esto no sucede el desarrollo afectivo se trunca.

Ahora que sabemos algo más del poder, pensemos en el conflicto. Ésta es una palabra asociada a connotaciones negativas. Conflicto evoca violencia, ira, frustración, etc. Sin embargo, el conflicto, como el poder, está presente en nuestras vidas desde que nacemos hasta que morimos. Es el motor del cambio y del crecimiento.  . (sigue leyendo)

 


 

Foto: ( CC BY) MCAD Library-Serious Business.

Hablar de sexo con nuestros hijos

 

Entrevista realizada a Rosario Castaño por Celia Arroyo

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

C.A: Muchos padres tienen dudas sobre el papel que juegan en la educación afectiva-sexual de sus hijos. ¿Tenemos que hablar de sexo con nuestros hijos?

R.C: Sí, por supuesto. No podemos obviar la sexualidad porque está presente en nuestras vidas desde el principio. Nacemos fruto de una relación sexual y somos seres sexuados. La primera clasificación que la sociedad va a hacer de nosotros es en relación a nuestro sexo. Nacemos niños o niñas, y eso conlleva que desde ese momento ya se generan una serie de expectativas sobre cada uno de nosotros que configuran lo que llamamos género. Por ejemplo, qué se espera de una mujer o de un hombre, cuáles son los valores que imperan en cada familia y cada grupo social.

El problema es que asociamos la sexualidad a algo que comienza en la pubertad y no es así. Es cierto que en la adolescencia es cuando surge la sexualidad genital, sin embargo… (sigue leyendo)

 

 


Foto: (CC BY 2.0 )- Found Vintage Snap-.Bill Hartmann

La identidad y su relación con la autoestima

¿Quién eres y cuánto crees que vales? Bien podría ser el título de este artículo. Aunque aparentemente sencillas, estas preguntas no son fáciles de responder. La identidad es probablemente uno de los aspectos más complejos del psiquismo humano y su relación con la autoestima es inextricable.

Le propongo un ejercicio sencillo: coja papel y lápiz y escriba: ¿Quién soy? A continuación añada 5 guiones y trate de escribir una sola palabra tras cada guion. Deje de leer. ¿Ya ha terminado? Ahora tache los adjetivos, palabras como inteligente, optimista, melancólico… porque ésas son las respuestas a una pregunta distinta. ¿Cómo soy?

La mayoría de las personas que realizan este ejercicio escriben su nombre, si son hombres o mujeres, su profesión y de dónde proceden. En el caso de las mujeres que son madres, esta palabra suele ocupar la segunda posición de la lista. Por ejemplo: Ana López, madre, abogada, mujer, española.

El vínculo con la autoestima sería la consecuencia de saber cómo se siente esa persona en relación a ser Ana López, a ser madre, a ser abogada, a ser mujer y a ser española. ¿Siente orgullo o vergüenza frente a cada una de esas clasificaciones? ¿Qué valor le da a cada una de esas categorías?  Esos sentimientos y valoraciones son únicos en cada persona, pero al mismo tiempo están condicionados por el valor que nuestro entorno le da a cada uno de ellos. Como ejemplo diré que es probable que el sentimiento de orgullo frente a la identidad de ser español sea muy distinto en los tiempos del emperador Carlos V que en la actualidad. De la misma manera que no es lo mismo ser español en España, en el Reino Unido o en Chile.

La identidad es la respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy?’. Nos garantiza la seguridad de saber que somos diferentes de los demás, y al mismo tiempo que compartimos rasgos en común con el resto de seres humanos. La identidad cumple dos necesidades que forman una gran paradoja: la de ser únicos, diferentes, pero no demasiado, no ser ‘bichos raros’. Ambas necesidades están ligadas a nuestra autoestima.

La identidad es un proceso dinámico que abarca toda nuestra vida y que está en constante cambio y transformación.

La construcción de la identidad comienza en el mismo momento en que nuestra madre tiene conciencia de que está embarazada. Lo primero que somos es hijos de nuestros padres y ésta es una de las pocas categorías que no podremos modificar. Nacemos en una familia que no escogemos pero de cuya pertenencia nos sentiremos orgullosos o avergonzados. Boris Cyrulnik ha descrito muy bien este fenómeno a lo largo de su obra. En ‘El amor que nos cura’, Cyrulnik comenta una anécdota de los problemas de autoestima y dificultades relacionales de un niño cuya madre era prostituta, aspecto del que se sentía terriblemente avergonzado. También puede darse el caso a la inversa, sentirse superior por ser hijo de alguien de éxito socialmente reconocido, hasta el punto incluso de ser una condición que puede contribuir al desarrollo del trastorno narcisista de personalidad.

La segunda gran categoría va a estar determinado por el sexo, que actualmente nuestros padres pueden saber incluso antes de que hayamos nacido. El sexo es sólo algo biológico, pero viene acompañado del género, es decir, las características sociales, culturales, económicas, políticas y jurídicas asignadas a cada sexo y que conforman lo que llamamos feminidad y masculinidad con las consecuentes expectativas que se desprenden del hecho de ser hombre o mujer.

La autoestima está muy influida por el entorno, por el valor que éste le conceda a cada una de nuestras facetas identitarias. No es lo mismo ser mujer hoy que hace 300 años, de igual manera que no es lo mismo ser mujer en España que en China.

La adolescencia es un momento crítico en la construcción de la identidad. Por un lado se producen muchos cambios físicos en un breve espacio de tiempo, lo que nos exige velocidad en el cambio de las representaciones de nuestro cuerpo. Además, el adolescente tiene conciencia de sí, busca su lugar en el mundo, empieza a participar activamente de la construcción de su identidad, decidiendo entrar a formar parte del equipo de fútbol, de la banda de música, etc. Un ejemplo problemático de estas elecciones es la adhesión a bandas, por ejemplo los Latin Kings, los Ñetas, etc. Estos grupos proveen de identidad y suelen buscarse como una estrategia de refuerzo de la autoestima.

En la edad adulta, una de las principales fuentes identitarias es la profesión. El reconocimiento social de la misma va a afectar a nuestra autoestima. Por ejemplo, el reconocimiento social del médico es muy alto, mientras que el del vigilante de seguridad es más bajo. Como las profesiones que desempeñamos pueden variar, esa faceta identitaria puede variar a lo largo de nuestra vida, con la consecuente fluctuación en la autoestima.

Al comienzo del artículo dijimos que no podemos escoger la familia en la que nacemos, pero sí la que construimos (si es que decidimos hacerlo). De hecho, la elección de la pareja en personas con baja autoestima puede tener dos trayectorias: escoger parejas a las que se considera inferior o escoger parejas socialmente deseadas con el objetivo de que den lustre a la poca autovaloración; así, hay quien se convierte en la ‘señora de’ o el ‘señor de’ para equilibrar desajustes narcisistas.

Otra elección identitaria es la de la maternidad y la paternidad. De nuevo, su relación con la autoestima va a estar también condicionada por la valoración que el contexto hace del rol de padre y el rol de madre. En algunas sociedades, el sexo del bebé que se espera también va a influir, pues el sentimiento de orgullo ante esperar un niño o una niña va a ser distinto.

La identidad seguirá transformándose a lo largo del ciclo vital. Entraremos y saldremos de distintas categorías: juventud, madurez, vejez… Y todos estos cambios producirán fluctuaciones en nuestra autoestima. Cada nueva respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy?’ pasará en primer lugar por el  filtro del juicio social y en segundo lugar por la lente de nuestros propios valores, generando así el complejo caleidoscopio que conforman identidad y autoestima.

 


Foto: (CC BY-ND) Hartwig HKB – Three Birds