Cómo negociar con nuestra pareja

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

La capacidad de negociación que tiene una pareja es uno de los principales indicativos de salud de ésta. Gestionar adecuadamente los conflictos que aparecen en el día a día es una de las claves del éxito y la satisfacción de vivir en pareja. Las parejas que aprenden a negociar y afrontan creativamente sus diferencias están más unidas frente a las adversidades y perduran en el tiempo. Por el contrario, las que no adquieren esas capacidades, tienden a deteriorarse y tienen más probabilidades de separarse.

¿Por qué muchas parejas fracasan en sus intentos de negociar? En la mayor parte de los casos se debe a que no saben hacerlo. Muchas personas creen que el conflicto es algo negativo, por lo que lo evitan, lo posponen o se enfrentan a él tratando de someter la voluntad de su pareja.

En el artículo anterior (“Poder, rivalidad y conflicto en las relaciones de pareja”) tratamos de desmitificar las connotaciones negativas asociadas a las palabras poder y conflicto. Decíamos que el conflicto no es algo negativo, sino un indicador de que algo en la relación de pareja no está funcionando bien y debe ser revisado.

Hay tres preguntas fundamentales que hemos de hacernos cuando surge un conflicto en nuestra relación. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué nos pasa? ¿Cómo podemos solucionarlo? Un conflicto es siempre una oportunidad de cambio y según se gestione, la relación de pareja saldrá fortalecida o deteriorada.

Podemos definir el conflicto en la pareja como una situación en la que las personas que la forman perciben que sus metas son incompatibles con las del otro. Éste énfasis en la percepción es muy importante, porque, como veremos a continuación, cuando se analizan en profundidad las metas, en muchos casos no son incompatibles, aunque los integrantes de la pareja perciban lo contrario.   . (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY) Nadia Morgan – Couple practice.

Amor y resiliencia: cuando la pareja nos ayuda a crecer

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

Estamos asistiendo a uno de los peores momentos de nuestra historia reciente. En un país con 5,4 millones de personas en situación de desempleo, según datos de la EPA, donde los desahucios son noticias cada día, ¿qué papel juega la pareja en nuestra capacidad de sobrevivir a situaciones adversas? Dice el refrán que “cuando el dinero sale por la puerta, el amor salta por la ventana”. Sin duda la crisis hace mella en las relaciones de pareja y pone a prueba la calidad de nuestros vínculos afectivos. Pero, no es menos cierto que, en momentos difíciles, quien tiene una buena pareja cuenta con uno de los recursos más valiosos para salir adelante. El ‘buen amor’ nos proporciona un barniz de protección en lo que a salud mental se refiere.

Uno de los autores que más han estudiado esta cuestión es Boris Cyrulnik, neurólogo, psiquiatra y psicoanalista. Cyrulnik ha estudiado la resiliencia, es decir, la capacidad de las personas de sobrevivir psíquicamente a situaciones espantosas y recuperarse tras esos acontecimientos.

La gran aportación de Cyrulnik al estudio de la resiliencia es el papel que juegan las relaciones humanas en su desarrollo. Hasta hace poco tiempo en psicología se pensaba que los primeros años de la vida de una persona eran determinantes en su desarrollo posterior, que estábamos condenados a repetir el modelo de relación que habíamos vivido en la infancia, y si éste había sido malo, poco teníamos que hacer y lo que podía hacerse pasaba por buscar ayuda profesional, por la psicoterapia.

Es cierto que tendemos a buscar relaciones que nos son conocidas, porque lo conocido aunque sea malo nos da menos miedo que lo desconocido. En lo malo conocido sabemos desenvolvernos. En la elección de la pareja, la atracción por otra persona no es casual. En palabras del propio Cyrulnik: “Aquél o aquélla con quien yo me relacione lleva en él (o en ella) algo que dialoga con mi alma”. Pero en contra de lo que ha sostenido el psicoanálisis tradicional, cada nueva relación es una oportunidad de cambio.Dentro de este paradigma, la relación de pareja es la más intensa. Si bien todo encuentro con otro ser humano desvía nuestra trayectoria, los cambios neurohormonales que se producen en el enamoramiento aumentan la plasticidad del cerebro, por lo que las posibilidades de cambio aumentan exponencialmente. . (sigue leyendo)

 


 

Foto: ( CC BY) simpleinsomnia-Affectionate elderly couple hugs on the porch.

La identidad y su relación con la autoestima

¿Quién eres y cuánto crees que vales? Bien podría ser el título de este artículo. Aunque aparentemente sencillas, estas preguntas no son fáciles de responder. La identidad es probablemente uno de los aspectos más complejos del psiquismo humano y su relación con la autoestima es inextricable.

Le propongo un ejercicio sencillo: coja papel y lápiz y escriba: ¿Quién soy? A continuación añada 5 guiones y trate de escribir una sola palabra tras cada guion. Deje de leer. ¿Ya ha terminado? Ahora tache los adjetivos, palabras como inteligente, optimista, melancólico… porque ésas son las respuestas a una pregunta distinta. ¿Cómo soy?

La mayoría de las personas que realizan este ejercicio escriben su nombre, si son hombres o mujeres, su profesión y de dónde proceden. En el caso de las mujeres que son madres, esta palabra suele ocupar la segunda posición de la lista. Por ejemplo: Ana López, madre, abogada, mujer, española.

El vínculo con la autoestima sería la consecuencia de saber cómo se siente esa persona en relación a ser Ana López, a ser madre, a ser abogada, a ser mujer y a ser española. ¿Siente orgullo o vergüenza frente a cada una de esas clasificaciones? ¿Qué valor le da a cada una de esas categorías?  Esos sentimientos y valoraciones son únicos en cada persona, pero al mismo tiempo están condicionados por el valor que nuestro entorno le da a cada uno de ellos. Como ejemplo diré que es probable que el sentimiento de orgullo frente a la identidad de ser español sea muy distinto en los tiempos del emperador Carlos V que en la actualidad. De la misma manera que no es lo mismo ser español en España, en el Reino Unido o en Chile.

La identidad es la respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy?’. Nos garantiza la seguridad de saber que somos diferentes de los demás, y al mismo tiempo que compartimos rasgos en común con el resto de seres humanos. La identidad cumple dos necesidades que forman una gran paradoja: la de ser únicos, diferentes, pero no demasiado, no ser ‘bichos raros’. Ambas necesidades están ligadas a nuestra autoestima.

La identidad es un proceso dinámico que abarca toda nuestra vida y que está en constante cambio y transformación.

La construcción de la identidad comienza en el mismo momento en que nuestra madre tiene conciencia de que está embarazada. Lo primero que somos es hijos de nuestros padres y ésta es una de las pocas categorías que no podremos modificar. Nacemos en una familia que no escogemos pero de cuya pertenencia nos sentiremos orgullosos o avergonzados. Boris Cyrulnik ha descrito muy bien este fenómeno a lo largo de su obra. En ‘El amor que nos cura’, Cyrulnik comenta una anécdota de los problemas de autoestima y dificultades relacionales de un niño cuya madre era prostituta, aspecto del que se sentía terriblemente avergonzado. También puede darse el caso a la inversa, sentirse superior por ser hijo de alguien de éxito socialmente reconocido, hasta el punto incluso de ser una condición que puede contribuir al desarrollo del trastorno narcisista de personalidad.

La segunda gran categoría va a estar determinado por el sexo, que actualmente nuestros padres pueden saber incluso antes de que hayamos nacido. El sexo es sólo algo biológico, pero viene acompañado del género, es decir, las características sociales, culturales, económicas, políticas y jurídicas asignadas a cada sexo y que conforman lo que llamamos feminidad y masculinidad con las consecuentes expectativas que se desprenden del hecho de ser hombre o mujer.

La autoestima está muy influida por el entorno, por el valor que éste le conceda a cada una de nuestras facetas identitarias. No es lo mismo ser mujer hoy que hace 300 años, de igual manera que no es lo mismo ser mujer en España que en China.

La adolescencia es un momento crítico en la construcción de la identidad. Por un lado se producen muchos cambios físicos en un breve espacio de tiempo, lo que nos exige velocidad en el cambio de las representaciones de nuestro cuerpo. Además, el adolescente tiene conciencia de sí, busca su lugar en el mundo, empieza a participar activamente de la construcción de su identidad, decidiendo entrar a formar parte del equipo de fútbol, de la banda de música, etc. Un ejemplo problemático de estas elecciones es la adhesión a bandas, por ejemplo los Latin Kings, los Ñetas, etc. Estos grupos proveen de identidad y suelen buscarse como una estrategia de refuerzo de la autoestima.

En la edad adulta, una de las principales fuentes identitarias es la profesión. El reconocimiento social de la misma va a afectar a nuestra autoestima. Por ejemplo, el reconocimiento social del médico es muy alto, mientras que el del vigilante de seguridad es más bajo. Como las profesiones que desempeñamos pueden variar, esa faceta identitaria puede variar a lo largo de nuestra vida, con la consecuente fluctuación en la autoestima.

Al comienzo del artículo dijimos que no podemos escoger la familia en la que nacemos, pero sí la que construimos (si es que decidimos hacerlo). De hecho, la elección de la pareja en personas con baja autoestima puede tener dos trayectorias: escoger parejas a las que se considera inferior o escoger parejas socialmente deseadas con el objetivo de que den lustre a la poca autovaloración; así, hay quien se convierte en la ‘señora de’ o el ‘señor de’ para equilibrar desajustes narcisistas.

Otra elección identitaria es la de la maternidad y la paternidad. De nuevo, su relación con la autoestima va a estar también condicionada por la valoración que el contexto hace del rol de padre y el rol de madre. En algunas sociedades, el sexo del bebé que se espera también va a influir, pues el sentimiento de orgullo ante esperar un niño o una niña va a ser distinto.

La identidad seguirá transformándose a lo largo del ciclo vital. Entraremos y saldremos de distintas categorías: juventud, madurez, vejez… Y todos estos cambios producirán fluctuaciones en nuestra autoestima. Cada nueva respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy?’ pasará en primer lugar por el  filtro del juicio social y en segundo lugar por la lente de nuestros propios valores, generando así el complejo caleidoscopio que conforman identidad y autoestima.

 


Foto: (CC BY-ND) Hartwig HKB – Three Birds