Cómo afectan nuestras expectativas en el desarrollo de nuestros hijos

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

Construimos expectativas acerca de nuestros hijos, antes incluso de que nazcan. Un ejemplo de ello es la elección del nombre. Las expectativas guardan relación con nuestros deseos. Muchas personas escogen para su hijo el nombre de alguien a quien quieren o admiran y esperan así que su hijo obtenga las cualidades positivas de aquella persona. Otros lo hacen en torno al significado, pensemos por ejemplo en el nombre de Sofía, que en griego significa ‘sabiduría’. Es más que probable que unos padres que escogen para su hija el nombre de Sofía estimulen en su hija la adquisición del conocimiento.

Las expectativas influyen notablemente en la conducta. El sociólogo estadounidense R. K. Merton fue uno de los primeros en explicar este fenómeno a través de lo que él vino a denominar ‘profecía autocumplida’.

Merton lo explicó de la siguiente manera: “La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera».”

Supongamos por ejemplo que alguien desata un rumor sobre un banco diciendo que va a quebrar. El banco es solvente pero si la gente cree que el banco va a quebrar comienza sacar su dinero, de manera que al final quiebra. Lo que en principio era un hecho falso, se transforma en verdadero porque las expectativas de las personas generan una conducta que cambia el curso de los acontecimientos.

Los psicólogos se han centrado en el estudio del efecto que las profecías tienen en la identidad, la autoestima, la motivación y la conducta de las personas.

Un tipo concreto de ‘profecías autocumplidas’ de gran relevancia para la psicología es el denominado ‘efecto Pigmalión’.

El ‘efecto Pigmalión’ fue descrito por Rosenthal y Jacobson en 1968, tras un experimento llevado a cabo en un colegio de California. Los investigadores realizaron test de inteligencia a los alumnos del centro educativo. Posteriormente seleccionaron un grupo de estudiantes al azar y les dijeron a los profesores que esos niños tenían una inteligencia, creatividad y capacidades especiales. Seis meses después Rosenthal y Jacobson se encontraron con que aquellos estudiantes etiquetados como especiales habían obtenido un rendimiento académico significativamente superior al de sus compañeros.

¿Cómo se explica el hecho de que un grupo de estudiantes etiquetados al azar como ‘especiales’ obtuvieran mejores resultados que sus compañeros? La respuesta la encontraremos en las expectativas de los profesores. Estos estuvieron más pendientes de los alumnos que habían sido etiquetados al azar como ‘especiales’, pusieron más esmero en su educación que en la de los otros estudiantes. Esta atención especial generaba en los niños autoconfianza y autoestima y un incremento de la motivación por obtener buenos resultados.

Desde los años 60 multitud de estudios han demostrado el impacto del ‘efecto Pigmalión’ en distintos contextos: educativos, laborales y familiares.

Es frecuente observar en los hermanos comportamientos e inquietudes distintas pese a que sus padres creen haberles educado de la misma manera. Supongamos por ejemplo que uno tiene inquietudes y facultades para la ciencia mientras que otro posee talento artístico. Si pudiéramos asomarnos a sus vidas como observadores, es muy probable que a uno le hayan alabado desde muy pequeño cada mínima creación artística mientras que otro ha conseguido el reconocimiento de sus padres a través de los logros académicos. Es muy posible que las expectativas de los padres hayan influido en la motivación, alentando unas conductas en detrimento de otras. Podríamos ir incluso más lejos, afirmando que cada hermano ha complacido así un deseo que en origen no era suyo sino de sus padres.

El problema del ‘efecto Pigmalión’ surge cuando la profecía es negativa para la autoestima de nuestro hijo.

El niño tiene capacidades pero es un vago”. Es la frase que más pronuncian los padres, ante el fracaso escolar de sus hijos. Con el adjetivo de vagos pretenden salvaguardar la autoestima del niño, dejando claro que “su hijo no es tonto”. El problema es que la etiqueta ‘vago’ va transformándose en una profecía que no le saca del fracaso escolar y se va extendiendo a otras áreas de su vida, pues de tanto decirle al niño que es un vago, acaba comportándose como tal. Lee el artículo completo

 


 

Foto: (CC BY 2.0) – Matteo Bagnoli – 18 dicembre duemiladieci

Desamor y ruptura

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

La ruptura de la pareja es uno de los motivos habituales por los que las personas   acuden a terapia.

Hay muchas maneras de separarse, entre ellas se encuentran las separaciones de mutuo acuerdo, aunque en la práctica éstas son las menos frecuentes. Generalmente, es uno de los miembros de la pareja el que decide dar por finalizada la relación. Aunque la ruptura no comienza en ese momento ni termina en ese momento. Me gustan las palabras de Risto Mejide cuando escribe: “Una relación jamás se rompe. Como mucho, uno de los dos, cualquier día, constata el roto. Pero la relación ya venía rota para entonces”. Mejide ilustra en pocas líneas un proceso a menudo largo y doloroso al que denominamos desamor y que desemboca en la separación de la pareja.

Tendemos a pensar que aquél que sufre y acude a terapia es “la persona a la que han dejado”. Sin embargo, es muy frecuente que el que “constata el roto” lo haga primero. Una separación comienza el día en que a uno de los miembros de la pareja le asalta la duda. Sobreviene entonces una enorme ansiedad, desconcierto y culpa, mucha culpa. La difícil decisión de poner fin a una relación de pareja es un motivo habitual de consulta. (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY ) Ashley Campbell–William and Mary.

La identidad y su relación con la autoestima

¿Quién eres y cuánto crees que vales? Bien podría ser el título de este artículo. Aunque aparentemente sencillas, estas preguntas no son fáciles de responder. La identidad es probablemente uno de los aspectos más complejos del psiquismo humano y su relación con la autoestima es inextricable.

Le propongo un ejercicio sencillo: coja papel y lápiz y escriba: ¿Quién soy? A continuación añada 5 guiones y trate de escribir una sola palabra tras cada guion. Deje de leer. ¿Ya ha terminado? Ahora tache los adjetivos, palabras como inteligente, optimista, melancólico… porque ésas son las respuestas a una pregunta distinta. ¿Cómo soy?

La mayoría de las personas que realizan este ejercicio escriben su nombre, si son hombres o mujeres, su profesión y de dónde proceden. En el caso de las mujeres que son madres, esta palabra suele ocupar la segunda posición de la lista. Por ejemplo: Ana López, madre, abogada, mujer, española.

El vínculo con la autoestima sería la consecuencia de saber cómo se siente esa persona en relación a ser Ana López, a ser madre, a ser abogada, a ser mujer y a ser española. ¿Siente orgullo o vergüenza frente a cada una de esas clasificaciones? ¿Qué valor le da a cada una de esas categorías?  Esos sentimientos y valoraciones son únicos en cada persona, pero al mismo tiempo están condicionados por el valor que nuestro entorno le da a cada uno de ellos. Como ejemplo diré que es probable que el sentimiento de orgullo frente a la identidad de ser español sea muy distinto en los tiempos del emperador Carlos V que en la actualidad. De la misma manera que no es lo mismo ser español en España, en el Reino Unido o en Chile.

La identidad es la respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy?’. Nos garantiza la seguridad de saber que somos diferentes de los demás, y al mismo tiempo que compartimos rasgos en común con el resto de seres humanos. La identidad cumple dos necesidades que forman una gran paradoja: la de ser únicos, diferentes, pero no demasiado, no ser ‘bichos raros’. Ambas necesidades están ligadas a nuestra autoestima.

La identidad es un proceso dinámico que abarca toda nuestra vida y que está en constante cambio y transformación.

La construcción de la identidad comienza en el mismo momento en que nuestra madre tiene conciencia de que está embarazada. Lo primero que somos es hijos de nuestros padres y ésta es una de las pocas categorías que no podremos modificar. Nacemos en una familia que no escogemos pero de cuya pertenencia nos sentiremos orgullosos o avergonzados. Boris Cyrulnik ha descrito muy bien este fenómeno a lo largo de su obra. En ‘El amor que nos cura’, Cyrulnik comenta una anécdota de los problemas de autoestima y dificultades relacionales de un niño cuya madre era prostituta, aspecto del que se sentía terriblemente avergonzado. También puede darse el caso a la inversa, sentirse superior por ser hijo de alguien de éxito socialmente reconocido, hasta el punto incluso de ser una condición que puede contribuir al desarrollo del trastorno narcisista de personalidad.

La segunda gran categoría va a estar determinado por el sexo, que actualmente nuestros padres pueden saber incluso antes de que hayamos nacido. El sexo es sólo algo biológico, pero viene acompañado del género, es decir, las características sociales, culturales, económicas, políticas y jurídicas asignadas a cada sexo y que conforman lo que llamamos feminidad y masculinidad con las consecuentes expectativas que se desprenden del hecho de ser hombre o mujer.

La autoestima está muy influida por el entorno, por el valor que éste le conceda a cada una de nuestras facetas identitarias. No es lo mismo ser mujer hoy que hace 300 años, de igual manera que no es lo mismo ser mujer en España que en China.

La adolescencia es un momento crítico en la construcción de la identidad. Por un lado se producen muchos cambios físicos en un breve espacio de tiempo, lo que nos exige velocidad en el cambio de las representaciones de nuestro cuerpo. Además, el adolescente tiene conciencia de sí, busca su lugar en el mundo, empieza a participar activamente de la construcción de su identidad, decidiendo entrar a formar parte del equipo de fútbol, de la banda de música, etc. Un ejemplo problemático de estas elecciones es la adhesión a bandas, por ejemplo los Latin Kings, los Ñetas, etc. Estos grupos proveen de identidad y suelen buscarse como una estrategia de refuerzo de la autoestima.

En la edad adulta, una de las principales fuentes identitarias es la profesión. El reconocimiento social de la misma va a afectar a nuestra autoestima. Por ejemplo, el reconocimiento social del médico es muy alto, mientras que el del vigilante de seguridad es más bajo. Como las profesiones que desempeñamos pueden variar, esa faceta identitaria puede variar a lo largo de nuestra vida, con la consecuente fluctuación en la autoestima.

Al comienzo del artículo dijimos que no podemos escoger la familia en la que nacemos, pero sí la que construimos (si es que decidimos hacerlo). De hecho, la elección de la pareja en personas con baja autoestima puede tener dos trayectorias: escoger parejas a las que se considera inferior o escoger parejas socialmente deseadas con el objetivo de que den lustre a la poca autovaloración; así, hay quien se convierte en la ‘señora de’ o el ‘señor de’ para equilibrar desajustes narcisistas.

Otra elección identitaria es la de la maternidad y la paternidad. De nuevo, su relación con la autoestima va a estar también condicionada por la valoración que el contexto hace del rol de padre y el rol de madre. En algunas sociedades, el sexo del bebé que se espera también va a influir, pues el sentimiento de orgullo ante esperar un niño o una niña va a ser distinto.

La identidad seguirá transformándose a lo largo del ciclo vital. Entraremos y saldremos de distintas categorías: juventud, madurez, vejez… Y todos estos cambios producirán fluctuaciones en nuestra autoestima. Cada nueva respuesta a la pregunta ‘¿Quién soy?’ pasará en primer lugar por el  filtro del juicio social y en segundo lugar por la lente de nuestros propios valores, generando así el complejo caleidoscopio que conforman identidad y autoestima.

 


Foto: (CC BY-ND) Hartwig HKB – Three Birds