Emigración y salud mental

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog de www.volvemos.org)

 

Con la salida masiva de miles de españoles en busca de oportunidades laborales en el extranjero, estamos asistiendo a una de las mayores transformaciones sociales de nuestra historia reciente. Por fin se ha abierto el debate sobre las consecuencias socioeconómicas que la fuga de talentos puede tener en el medio y largo plazo. Sin embargo, poco se está hablando de las consecuencias psicológicas que produce este fenómeno en los que se marchan y en sus familias.

De un tiempo a esta parte se ha popularizado el concepto oriental de la crisis, ese que propone que la crisis es siempre una oportunidad para el cambio. Disciplinas como el coaching han propagado este mensaje como la pólvora y predican las bondades de salir de la ‘zona de confort’. Desde la psicología sabemos que efectivamente las crisis pueden conllevar una excelente oportunidad de cambio, pero ojo, toda crisis es una amenaza para el psiquismo, para la salud mental de una persona, y sólo si ésta tiene los recursos necesarios para reequilibrarse, entonces puede tornarse en oportunidad. Sea como fuere, la crisis y el cambio siempre traen consigo reestructuración y pérdidas. Sin embargo, sobre esta parte de la cuestión apenas se habla fuera de los circuitos de la psicología clínica.

Con la emigración pasa lo mismo, puede ser una experiencia extraordinaria pero a priori constituye una amenaza que va a poner a prueba los recursos psicológicos de los que la emprenden. Me parece importante utilizar el término emigración, que por cierto se usa muy poco para hablar de los españoles que se marchan a buscar trabajo al extranjero.

Los emigrantes van a tener que hacer frente a muchos obstáculos como la soledad, la frustración de no poder comunicarse fluidamente en otro idioma, el desconocimiento de las normas culturales del país receptor, la dificultad de encontrar un trabajo, etc. Todo ello va a poner en riesgo su identidad y su equilibrio emocional.

En mi trayectoria profesional, ayudar a personas que están inmersas en un proceso migratorio ha sido una constante y una de las experiencias más ricas que he vivido. A través de los relatos de mis pacientes, he tenido la oportunidad de viajar mentalmente a países tan diversos como Mongolia, Honduras, Mali, Marruecos, Brasil, Ecuador, Perú y Colombia, entre otros. Y es que  cuando empecé a ejercer, España era un país receptor de inmigrantes.

Lo que entonces no imaginaba es que, 10 años después, iba a atender como psicoterapeuta, a través de Skype, a españoles que habían emigrado a países como Alemania o Reino Unido. Esta experiencia ha sido más sobrecogedora para mí, si cabe. Y es que la identificación paciente-terapeuta es mayor, pues como española nacida en los 80, bien podría haber sido yo la emigrante en Alemania. ¿Quién no ha pensado alguna vez en irse, especialmente después de ver en ‘Españoles por el mundo’ lo bien que se vive en el extranjero?

En mi experiencia, el emigrante suele buscar apoyo psicológico cuando lleva varios años residiendo en el país de acogida. Al principio toda su energía está puesta en sobrevivir, en aprender el idioma, en lo que ellos llaman “integrarse” y eso hace que se desconecten de muchas de las cosas que están pasando paralelamente en su psique. Sin embargo, pasados unos años, cuando han sobrevivido y deberían estar disfrutando de los logros alcanzados, muchos se encuentran con una inmensa sensación de cansancio y sentimientos que van desde la nostalgia a la tristeza, la confusión, la ansiedad o el desarrollo de síntomas psicosomáticos.

Otro fenómeno habitual es combatir el miedo inconsciente a la pérdida de la identidad, buscando las raíces en tradiciones que mantienen un vínculo con sus orígenes.

Recuerdo que, cuando trabajaba con inmigrantes del Magreb, su entorno laboral se echaba las manos a la cabeza cuando mujeres que siempre habían vestido de manera occidental comenzaban a utilizar chilaba y se cubrían la cabeza con un pañuelo. Llevaban varios años en España y ese cambio repentino en su manera de vestir las perjudicaba en su proceso de integración pero cumplía otra función más importante, la de no desintegrarse psicológicamente, no perder completamente su identidad y luchar contra el miedo inconsciente que todos los seres humanos experimentamos a traicionar nuestros orígenes.

A los emigrantes españoles les pasa lo mismo, tras años de esforzarse por mimetizarse con los alemanes o ingleses, comienzan a aferrarse a tradiciones que en España no les interesaban especialmente y que ahora cobran un valor muy importante para preservar su identidad.

Los emigrantes españoles que buscan apoyo psicológico quieren un terapeuta español, que hable su idioma, que pueda identificarse con ellos y con quien puedan tener una verdadera conexión emocional. Es por ello que la psicoterapia por Skype es ya una demanda frecuente en el campo de la psicología.

La psicoterapia abre un espacio para poder preguntarse: ¿Quién soy? ¿A dónde pertenezco? ¿Cuál es mi hogar? ¿Quiero regresar? ¿Voy a construir aquí un proyecto de vida? ¿Qué he conseguido en este tiempo? ¿Qué he perdido por el camino? Es el momento de tomar decisiones y elaborar las pérdidas.

Quienes pasan por este proceso descubren partes de sí mismos que no conocían. La experiencia migratoria les ha cambiado para siempre, ampliando su manera de ver y sentir el mundo. Si pensamos en la personalidad como en la paleta de colores de un pintor, nos encontramos con que ésta se expande, se llena de nuevos tonos y matices. Integrar la experiencia migratoria revierte en un mayor autoconocimiento, un incremento de las capacidades resilientes y un aumento de la autoestima.

 

 


 Foto: CC BY 2.0 -172/365 I Want to See the World- Martinak15

Aspectos psicológicos relacionados con la obesidad y el sobrepeso

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

a obesidad es un problema de salud importante en los países desarrollados. Según datos de la OMS, la obesidad se ha duplicado en los últimos treinta años hasta el punto de que en 2014 el 39% de las personas mayores de 18 años tenían sobrepeso, mientras que el 13% eran obesas.

En España se calcula que el 17% de la población padece obesidad; si hablamos de sobrepeso, las cifras aumentan hasta el 40%.

Estos datos son alarmantes si tenemos en cuenta que no estamos ante un problema estético, sino que la obesidad aumenta el riesgo de padecer diabetes, osteoartritis y enfermedades cardiovasculares. También se ha asociado al desarrollo de algunos tipos de cáncer.

Las causas de la obesidad parecen ser multifactoriales, influyendo en su desarrollo factores genéticos, metabólicos, ambientales, sociales y psicológicos.

Hasta hace poco tiempo, los factores psicológicos relacionados con la obesidad y el sobrepeso han pasado desapercibidos para la comunidad médica, y aún ahora muchos tratamientos no cuentan con el asesoramiento psicológico adecuado. Esto es un error porque, más allá de los factores etiológicos de la obesidad, sabemos que llevar a cabo una dieta de adelgazamiento es en sí mismo un factor estresante. Lo que podría explicar la alta tasa de fracaso a la hora de alcanzar y mantener un peso saludable.

El objetivo de este artículo es dar a conocer algunos de los factores psicológicos asociados a la obesidad, sin que ello implique que estos sean el origen de la misma, pues como hemos dicho anteriormente la etiología de la obesidad es multifactorial.

Durante años distintos estudios han tratado de encontrar, sin éxito, una “personalidad del obeso”. Las personas obesas tienen perfiles de personalidad muy dispares, sin embargo sí son más propensos a sufrir depresión y ansiedad. Dado el rechazo social al que se enfrentan, es difícil determinar si se trata de la causa o la consecuencia del sobrepeso.

Sí se han encontrado rasgos de personalidad adictiva en personas que han llegado a la obesidad a través del denominado “trastorno por atracón”, que está considerado un trastorno de salud mental y como tal aparece en el DSMV. Es importante destacar que la mayoría de las personas que padecen obesidad no presentan trastorno por atracón y que la obesidad no se considera un trastorno de salud mental.

Sin embargo, sabemos que en algunas personas las causas del sobrepeso pueden estar fuertemente ligadas a cuestiones emocionales.

Hilde Bruch expone en su obra ‘Eating desorders’ la dificultad que presentan algunas personas obesas para diferenciar sensaciones de hambre y saciedad, así como para identificar sus emociones. La psicoanalista alemana propone que esta dificultad tiene su origen en la relación temprana con la madre. Bruch describe madres con fallos en la empatía, incapaces de saber qué le pasa a su hijo cuando llora: si tiene hambre, frío, sueño, dolor, etc. Se trata de madres que calman cualquier molestia a través de la alimentación por lo que la persona va creciendo sin distinguir qué es lo que le produce malestar y aprendiendo que la comida es la respuesta adecuada para aliviarlo. Son personas que comen cuando se “sienten mal” y a menudo no saben determinar si ese “sentirse mal” es tristeza, ansiedad, estrés, ira, culpa, cansancio, etc. Como no se identifica la causa del malestar, es difícil solucionarlo, por lo que cada vez se come más y más. A su vez, el estigma asociado a la obesidad produce un nuevo malestar que de nuevo se combate comiendo.

Las relaciones familiares juegan un papel muy importante en la ganancia o pérdida de peso. No sólo en la construcción de los hábitos alimenticios, sino también de una manera simbólica. Por ejemplo, se da el caso de madres o padres que animan a sus hijos a ganar peso e impiden que lo pierdan por miedo a que este les abandone y quedarse solos. Lo hacen de manera inconsciente, crían a un hijo obeso con la esperanza de que tenga menos oportunidades de encontrar una pareja que lo aleje del hogar para comenzar su propia vida. Además, esperan que el rechazo social que sufrirá el niño les dé la oportunidad de establecer un lazo más estrecho con él, pues es el padre o la madre el único capaz de comprenderle y consolarle. Para llegar a este punto no sólo se cocinan comidas con un alto nivel calórico sino que se les repite que su cuerpo no importa, que la gente debe quererles por cómo son por dentro. Esto último desconecta a la persona de su cuerpo, lo que hace aún más difícil tomar conciencia de la situación. El mensaje que se transmite de inconsciente a inconsciente es que adelgazar es una traición, un abandono, por lo que la pérdida de peso produce culpa.

 

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 Foto: (CC BY 2.0) – Natesh Ramasamy – Munch It!!!

Cómo poner límites a nuestros hijos

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

El éxito en la educación de un niño reside en proporcionarle amor y disciplina a partes iguales. La combinación de ambos elementos crean un entorno seguro, un espacio de protección que permitirá al niño desarrollar una sana autoestima.

En el artículo de la semana pasada, hablamos de la importancia que cumplen los límites en el desarrollo afectivo de nuestros hijos. Crecer sin ellos puede ocasionar dificultades para desarrollar empatía y amar en la edad adulta. La ausencia de límites en la infancia predispone a entrar en relaciones de sumisión, a desarrollar depresión, ansiedad, conductas violentas y adicción al alcohol y otras drogas.

En el artículo de hoy vamos a explicar cómo aplicar la disciplina en la educación de nuestros hijos. Lo primero que debemos tener en cuenta es que los límites son un derecho de los hijos, no de los padres.

Por ejemplo, si una pareja manda a su hijo de 14 años a las 20:00 a la cama porque desean estar a solas no se puede decir que estén poniendo límites a un adolescente, no sólo por lo inadecuado del horario sino porque la razón no es educar sino sacar un beneficio. Lo mismo sucede con el exceso de tareas domésticas que algunos padres exigen a sus hijos bajo el pretexto de que aprendan a ser responsables. No es lo mismo pedirle a un niño que haga su cama y recoja su plato que exigirle que limpie la casa porque sus padres trabajan muchas horas. Es importante distinguir las necesidades de nuestros hijos de las nuestras, son sus necesidades las que deben orientarnos a la hora de establecer los límites.

Una manera de establecer los límites en la práctica es estableciendo normas. Y un buen ejercicio para saber si estamos poniendo límites adecuados a nuestros hijos es reflexionar sobre qué normas hemos establecido que deben de cumplir y qué consecuencias tiene no cumplirlas.  Sugiero al lector interesado que se detenga aquí, tome papel y lápiz y conteste a estas tres preguntas:

  1. ¿Qué normas impongo a mis hijos?
  2. ¿Qué consecuencias tiene cumplirlas?
  3. ¿Qué consecuencias tiene no cumplirlas?

Quienes hayan podido contestar las tres preguntas, van por el buen camino, pues las normas y sus consecuencias deben ser explícitas y conocidas por padres e hijos. Para aquellos que no hayan podido contestar, nunca es tarde para elaborar una lista. Puede ser útil hacerlo por áreas, por ejemplo:

  • Normas relacionadas con los hábitos de comida, higiene y sueño
  • Normas relacionadas con la convivencia familiar
  • Normas relacionadas con el estudio
  • Normas relacionadas con el ocio y tiempo libre
  • Normas relacionadas con el uso de las nuevas tecnologías

Una vez que hemos hecho un listado de normas, debemos asegurarnos de que éstas cumplen las siguientes características:

  1. Las normas deben ser necesarias, es decir, deben tener un objetivo claro en la educación de nuestros hijos, no se trata de demostrar quién manda.
  2. Las normas no deben ser excesivas. Si ponemos demasiadas normas, probablemente ninguna se cumplirá.
  3. Las normas deben ser claras. Por ejemplo, la norma no puede ser “portarse bien” o ser “un buen estudiante”. Estas normas son muy ambiguas ¿qué significa ser un buen estudiante?, ¿hacer los deberes todos los días? ¿sacar sobresaliente? ¿aprobar todas las asignaturas?
  4. Las normas deben estar basadas en conductas: En lugar de decir “ayudar en casa” es mejor decir “Tienes que poner y quitar la mesa”.

Debemos de pensar también cuáles serán las consecuencias de trasgredir las normas y tener en cuenta que éstas deben ser proporcionales al incumplimiento, ni mayores ni menores. No es lo mismo no entregar un trabajo escolar, que falsificar la firma de los padres en la entrega de las notas y las consecuencias por tanto han de ser distintas.

Las consecuencias nunca deben incluir castigos físicos, humillaciones o retirada de afecto. Algunos padres dejan de hablar a sus hijos cuando se enfadan con ellos, esto es un error que puede traer consecuencias emocionales negativas.

Si hemos hecho una lista de normas y hemos verificado que cumplen las cuatro condiciones anteriores, el siguiente paso es comunicárselas a nuestros hijos.

¿Cómo debemos hacerlo?

  1. Con afecto y tranquilidad y explicando por qué creemos que es importante cumplir la norma.
  2. Con anticipación. Nuestros hijos deben conocer de antemano las consecuencias de cumplir o trasgredir las nomas, de esa manera les ayudamos a ser responsables, puesto que las consecuencias de sus actos dependerán de ellos. Una manera eficaz de poner las normas con anticipación es comunicárselas a nuestros hijos y escribirlas en una pizarra a la vista de todos.
  3. Con coherencia. Por ejemplo si hemos establecido que la norma es hablar sin gritar y nosotros hablamos gritando estamos siendo incoherentes. Tenemos que poder cumplir las normas que establecemos para nuestros hijos, de lo contrario les estaremos dando un mensaje ambiguo.

Ahora viene lo más difícil de todo. ¿Qué pasa cuando nuestros hijos trasgreden las normas que hemos establecido y que ellos conocen? La trasgresión de la norma debe tener las consecuencias que dijimos que tendrían. Hay una serie de pautas que debemos seguir a la hora de aplicar las consecuencias de trasgredir las normas

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Foto: (CC BY 2.0) – Donnie Ray Jones – Mother and Daughter

La importancia de los límites en la educación afectiva de nuestros hijos

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

Hace dos generaciones las mujeres querían dar un hijo a sus maridos. Hoy quieren dar un padre a su hijo. Los valores familiares se ponen en marcha en torno al pequeño. Esta ‘pasión por la infancia’, que organiza los entornos afectivos de los niños estadounidenses y que acaba de poner pie en Europa, produce bebés gigantes de narcisismo hipertrofiado. Él es quien desde ahora posee la autoridad”. B. Cyrulnik

En ningún otro momento histórico los padres han tenido tanto acceso a la información sobre cómo educar a los hijos. Manuales, escuelas de  padres, psicólogos, pedagogos, etc. Podría decirse que estamos en la era de la infancia, aunque paradójicamente cada vez nacen menos niños en los denominados países desarrollados. Algunos autores han hablado del niño como el nuevo artículo de lujo de nuestra sociedad. Las personas tienen cada vez menos hijos y los tienen cada vez más tarde. Esto los convierte en niños muy deseados. Este fenómeno revierte en un aumento de los ‘bebés grandes’ que retrató el cineasta japonés Hayao Miyazaki en el bebé de Yubaba, la bruja de su famoso largometraje de animación ‘El viaje de Chihiro’.

Los ‘bebés grandes’ son niños mimados que no alcanzarán la madurez emocional.

Cuenta Cyrulnik en su libro ‘El amor que nos cura’ que el 25 por ciento de las llamadas telefónicas dirigidas a asociaciones contra los malos tratos son efectuadas por padres. Algo similar ocurre en Japón, donde el fenómeno del adolescente tirano desespera a toda la población. Mientras, en China, tras la entrada en vigor de ley del único hijo, se ha registrado un aumento considerable de los diagnósticos de trastorno de hiperactividad.

Sabemos desde hace tiempo que los hijos de familias numerosas presentan mejor salud mental y es muy probable que se deba al establecimiento de los límites. Donde fallan los padres, los hermanos establecen las normas. En las familias numerosas, los niños tienen que lidiar con la frustración de no poder obtener la atención desmedida que a menudo recibe el hijo único.

La disminución de las familias no es el único elemento en juego, pues podría compensarse con la implicación de otras personas en la educación del niño, como solía ser el caso de los maestros, ahora atemorizados por padres de bebés gigantes. Actualmente, los padres son los únicos adultos con legitimidad para ejercer la disciplina, pero esto no siempre ha sido así. La disminución del sentimiento de comunidad, la individualización, así como la falta de conciliación de la vida familiar y laboral, dan paso a padres que llegan a casa agotados y que, a menudo, se sienten culpables del poco tiempo que pasan con sus hijos.

En este artículo vamos a hablar del papel que juegan los límites en el desarrollo afectivo infantil, así como de las graves consecuencias que la ausencia de límites tiene sobre la salud mental de los adultos.

Puede pensarse que la ausencia de disciplina genera individuos maleducados, pero las consecuencias van mucho más allá de eso. Los niños a los que no se les ponen límites tienen serias dificultades para desarrollar empatía y amar en la edad adulta. También son más propensos a entrar en relaciones de sumisión, a desarrollar depresión, ansiedad, conductas violentas y adicción al alcohol y otras drogas.

Cuando nacen, los bebés dependen de sus madres para regular el afecto. Conforme van creciendo y ganando en autonomía, van poco a poco aprendiendo a regular sus emociones a través de los límites establecidos por el mundo físico (por ejemplo si toco algo caliente, me quemo) y aquéllos que imponen los padres (si no comparto los juguetes, mamá se enfada y me los quita, es muy frustrante tener que compartir pero es peor no hacerlo). Los límites generan el equilibrio entre la curiosidad y la seguridad, ambas imprescindibles en el desarrollo afectivo.

La curiosidad es un elemento fundamental para la salud mental. Los niños pequeños nacen con ganas de explorar el mundo. Tienen curiosidad por los objetos físicos y por las personas. La curiosidad es la base del deseo, de la motivación, es el motor que nos lleva a probar un plato nuevo, terminar de leer un libro o preguntar a una persona por su estado de ánimo. La curiosidad se traduce en un esfuerzo para alcanzar una respuesta, para saber. Para que haya curiosidad tiene que haber estimulación, pero un exceso de ésta produce el efecto contrario. Esto les sucede a muchos niños y niñas hoy en día.

Cuando a un niño se le da todo hecho se mata su curiosidad y su capacidad de esforzarse para averiguar lo que quiere. Esto genera aburrimiento y puede facilitar estados depresivos o la búsqueda de estímulos extremos para salir de ese mundo plano. Estos estímulos extremos pueden abarcar las conductas de riesgo, el abuso de drogas o incluso la violencia.
Un arquetipo que representa muy bien este último caso es el del personaje de Joffrey, el pequeño rey tirano de la famosa saga ‘Juego de tronos’. Alguien que lo ha tenido todo, incapaz de tolerar ninguna frustración, necesita buscar emociones extremas y lo hace a través de la violencia y la crueldad. El personaje de Joffrey es incapaz de sentir empatía o amor hacia otro ser humano. Y es que el desarrollo de la empatía también requiere de la curiosidad, de querer saber sobre el estado interno de los demás.  Lee el artículo completo

 


 

Foto: (CC BY 2.0) –  Mindaugas Danys – scream and shout

Cómo afectan nuestras expectativas en el desarrollo de nuestros hijos

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

Construimos expectativas acerca de nuestros hijos, antes incluso de que nazcan. Un ejemplo de ello es la elección del nombre. Las expectativas guardan relación con nuestros deseos. Muchas personas escogen para su hijo el nombre de alguien a quien quieren o admiran y esperan así que su hijo obtenga las cualidades positivas de aquella persona. Otros lo hacen en torno al significado, pensemos por ejemplo en el nombre de Sofía, que en griego significa ‘sabiduría’. Es más que probable que unos padres que escogen para su hija el nombre de Sofía estimulen en su hija la adquisición del conocimiento.

Las expectativas influyen notablemente en la conducta. El sociólogo estadounidense R. K. Merton fue uno de los primeros en explicar este fenómeno a través de lo que él vino a denominar ‘profecía autocumplida’.

Merton lo explicó de la siguiente manera: “La profecía que se autorrealiza es, al principio, una definición «falsa» de la situación que despierta un nuevo comportamiento que hace que la falsa concepción original de la situación se vuelva «verdadera».”

Supongamos por ejemplo que alguien desata un rumor sobre un banco diciendo que va a quebrar. El banco es solvente pero si la gente cree que el banco va a quebrar comienza sacar su dinero, de manera que al final quiebra. Lo que en principio era un hecho falso, se transforma en verdadero porque las expectativas de las personas generan una conducta que cambia el curso de los acontecimientos.

Los psicólogos se han centrado en el estudio del efecto que las profecías tienen en la identidad, la autoestima, la motivación y la conducta de las personas.

Un tipo concreto de ‘profecías autocumplidas’ de gran relevancia para la psicología es el denominado ‘efecto Pigmalión’.

El ‘efecto Pigmalión’ fue descrito por Rosenthal y Jacobson en 1968, tras un experimento llevado a cabo en un colegio de California. Los investigadores realizaron test de inteligencia a los alumnos del centro educativo. Posteriormente seleccionaron un grupo de estudiantes al azar y les dijeron a los profesores que esos niños tenían una inteligencia, creatividad y capacidades especiales. Seis meses después Rosenthal y Jacobson se encontraron con que aquellos estudiantes etiquetados como especiales habían obtenido un rendimiento académico significativamente superior al de sus compañeros.

¿Cómo se explica el hecho de que un grupo de estudiantes etiquetados al azar como ‘especiales’ obtuvieran mejores resultados que sus compañeros? La respuesta la encontraremos en las expectativas de los profesores. Estos estuvieron más pendientes de los alumnos que habían sido etiquetados al azar como ‘especiales’, pusieron más esmero en su educación que en la de los otros estudiantes. Esta atención especial generaba en los niños autoconfianza y autoestima y un incremento de la motivación por obtener buenos resultados.

Desde los años 60 multitud de estudios han demostrado el impacto del ‘efecto Pigmalión’ en distintos contextos: educativos, laborales y familiares.

Es frecuente observar en los hermanos comportamientos e inquietudes distintas pese a que sus padres creen haberles educado de la misma manera. Supongamos por ejemplo que uno tiene inquietudes y facultades para la ciencia mientras que otro posee talento artístico. Si pudiéramos asomarnos a sus vidas como observadores, es muy probable que a uno le hayan alabado desde muy pequeño cada mínima creación artística mientras que otro ha conseguido el reconocimiento de sus padres a través de los logros académicos. Es muy posible que las expectativas de los padres hayan influido en la motivación, alentando unas conductas en detrimento de otras. Podríamos ir incluso más lejos, afirmando que cada hermano ha complacido así un deseo que en origen no era suyo sino de sus padres.

El problema del ‘efecto Pigmalión’ surge cuando la profecía es negativa para la autoestima de nuestro hijo.

El niño tiene capacidades pero es un vago”. Es la frase que más pronuncian los padres, ante el fracaso escolar de sus hijos. Con el adjetivo de vagos pretenden salvaguardar la autoestima del niño, dejando claro que “su hijo no es tonto”. El problema es que la etiqueta ‘vago’ va transformándose en una profecía que no le saca del fracaso escolar y se va extendiendo a otras áreas de su vida, pues de tanto decirle al niño que es un vago, acaba comportándose como tal. Lee el artículo completo

 


 

Foto: (CC BY 2.0) – Matteo Bagnoli – 18 dicembre duemiladieci

Comprender la anorexia

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

“La incertidumbre de ser mujer puede conducir a jóvenes mujeres a la búsqueda de un modelo […]. Nada más alejado de la persecución de un ideal de belleza, sólo quiso ser alguien, igual a otras, importante, acaso distinta.”  Graciela Strada, ‘El desafío de la anorexia’

La anorexia es probablemente la enfermedad mental más popular de nuestro tiempo. Todo el mundo ha oído hablar de ella y tiene una idea aproximada de lo que es. Si preguntásemos en la calle a cualquiera probablemente nos diría algo parecido a lo siguiente: “son esas chicas muy delgadas que se ven gordas” o “son esas chicas que no comen porque quieren ser modelos”. Ambas respuestas van acompañadas de una connotación de frivolidad. Este es el estigma al que se enfrentan las personas que padecen anorexia, que a menudo son vistas como mujeres superficiales dominadas por la imitación de cánones de belleza aberrantes. Esta visión produce rechazo en la población. Las personas que padecen anorexia tienden a aislarse y este rechazo produce que lo estén aún más.

Existe un encendido debate entre quienes postulan que la anorexia es una enfermedad propia de nuestro tiempo, asociada a la cultura de la delgadez, y quienes consideran que ha existido siempre y que es relativamente independiente del sistema de valores. Es cierto que el primer caso descrito de anorexia nerviosa data de 1868 y se describen casos similares en tratados de medicina medieval. Sin embargo, no podemos cerrar los ojos a las estadísticas que señalan su extensión entre los países desarrollados, con picos particularmente preocupantes entre países con los mayores índices de desarrollo, como Japón y Noruega. Es más que probable que no se trate de una enfermedad nueva, al igual que es difícil que su incremento esté al margen de los mandatos culturales. Quizás para comprender mejor el debate sea importante distinguir entre querer estar delgada, hacer dieta, incluso estar obsesionada con la imagen corporal, y padecer anorexia.

La anorexia nerviosa es un trastorno de la conducta alimenticia caracterizado por el rechazo de la comida y el miedo obsesivo a engordar, que puede conducir a la muerte por inanición. Suele incluir conductas como la restricción de la alimentación, el uso de laxantes y diuréticos y el ejercicio físico extremo. Todo ello para contrarrestar el pánico a engordar. Su prevalencia es mayor en mujeres que en hombres y suele comenzar entre los 12 y los 25 años.

Según el DSM-V, el manual diagnóstico de los trastornos mentales, para que una persona sea diagnosticada de anorexia, tienen que cumplirse los siguientes criterios:

  • Restricción del consumo energético relativo a los requerimientos que conlleva a un peso corporal marcadamente bajo. Un peso marcadamente bajo es definido como un peso que es inferior al mínimo normal o, para niños y adolescentes, inferior a lo que mínimamente se espera para su edad y estatura.
  • Miedo intenso a ganar peso o a convertirse en obeso, o una conducta persistente para evitar ganar peso, incluso estando por debajo del peso normal.
  • Alteración de la percepción del peso o la silueta corporales, exageración de su importancia en la autoevaluación o persistente negación del peligro que comporta el bajo peso corporal actual.

Estos criterios son siempre descriptivos y basados en datos estadísticos. Son necesarios para establecer diagnósticos pero no explican qué hay detrás de la enfermedad.

Para los profesionales de la salud mental que trabajan en corrientes dinámicas, la anorexia es un enigma que debe resolverse en el trabajo terapéutico. Es una enfermedad que puede conducir a la muerte por inanición y ello produce una angustia en el entorno que centra la atención en alimentar a quien la padece, dejando de lado la escucha de sus verdaderos deseos e inquietudes, que viene a ser lo mismo que dejar de lado a la persona. O al menos así lo siente quien padece la enfermedad, que se niega a comer con obstinación y tenacidad, como única forma de autoafirmarse como persona.

Esta hostilidad suele conllevar un rechazo social importante que hace que nos olvidemos de hasta qué punto llega el sufrimiento de alguien capaz de dejarse morir de hambre. Pero no olvidemos que el síntoma es siempre la mejor manera que tiene nuestro psiquismo de evitar un sufrimiento aun mayor, como la muerte psíquica o la locura. A menudo el síntoma es la única manera que la persona ha encontrado para seguir existiendo, para lidiar con un sufrimiento inimaginable para el resto.  … (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY 2.0) – daniellehelm -To eat or not to eat?

Micromachismos : la amenaza silenciosa de la violencia de género

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

La violencia de género ha alcanzado en los últimos años un importante grado de visibilidad; nos horroriza el aborto selectivo que se practica en países como India o China; hemos tomado buena nota de los ojos morados que han protagonizado las campañas más impactantes contra el maltrato; no vamos a permitir que un hombre nos ponga la mano encima, y sin embargo no puedo evitar pensar…¡Qué poca conciencia tenemos de los micromachismos!. Cuando hablo de micromachismos me refiero a estrategias sutiles que los hombres emplean para controlar y someter a las mujeres, estrategias que a menudo pasan desapercibidas.

Hace unos días, una mujer de 24 años me contaba que tenía problemas para ver a una de sus mejores amigas, una profesional del ámbito de la salud a la que su novio le suplicaba que no saliese con su pandilla, que se quedara con él. No se lo prohíbe, me decía, pero ella al final nunca viene y cuando lo hace nos cuenta que a él no le gusta que salga con sus amigas porque cree que son “ligeritas de cascos”. Por supuesto también opina sobre el escote que lleva o la longitud de la falda. Ella lo tolera: él lo hace porque la quiere, porque se preocupa por ella. Puede que en esta historia nunca llegue a haber violencia física, o puede que se trate sólo del principio de una horrible pesadilla, pero lo que es seguro es que la salud psicológica de esta mujer está seriamente amenazada por las estrategias de control de su pareja.

Luis Bonino, uno de los autores que más han estudiado los micromachismos, los define como “microviolencias poco estudiadas y reconocidas, casi imperceptibles, realizadas por muchos varones que fuerzan, coartan y minan la autonomía personal. Aunque no de forma evidente. Sino de modo sutil e insidioso, casi invisible… Una de las razones de la gran eficacia de los micromachismos es que, dada su casi invisibilidad, van produciendo un daño sordo y sostenido que se agrava en el tiempo”.

Sabemos que las mujeres tienen mayor probabilidad de desarrollar cuadros depresivos que los hombres. Luis Bonino es uno de tantos profesionales de la salud mental que se plantean si esa diferencia no puede ser resultado del impacto que los micromachismos causan en la salud psicológica de las mujeres.

En mi experiencia como psicoterapeuta los micromachismos pasan absolutamente desapercibidos entre las mujeres jóvenes que experimentan sufrimiento en sus relaciones de pareja, un malestar al que no saben cómo nombrar ni cómo hacerle frente. Escucho frecuentemente los relatos de mujeres cuyas parejas exigen saber por qué si él les escribió un ‘whatsapp’ ella tardó 3 horas en responder, o que exigen tener sus contraseñas de correo electrónico, o que cuando no están de acuerdo con ellas se encierran en el mutismo, un silencio que a ellas les causa un enorme sufrimiento. Desaparecen durante días y reaparecen sin dar explicaciones. Al final ellos escogen el plan, a veces cosas aparentemente banales como qué película irán a ver al cine. No hay golpes, no hay moratones, pero tampoco hay una verdadera intimidad en la relación. La espontaneidad queda anulada por la lucha del control, del sometimiento psicológico. Las mujeres que están sometidas a estas tensiones empiezan a tener sintomatología depresiva. Su autoestima está dañada y tienen miedo a que él las abandone. … (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY)  Daniel Zedda-Melancholia pt2

El duelo por la muerte de la pareja

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

La muerte de pareja es uno de los acontecimientos más dolorosos y estresantes en la vida del ser humano. Sólo los que lo han experimentado entienden cuán desgarrador puede llegar a ser.

No podemos escoger la familia en la que nacemos pero sí la que formaremos, de hecho eso es lo que hacemos cuando nos comprometemos con una pareja. El pasado nos viene dado, pero para una persona con cierto nivel de salud mental, el futuro es algo sobre lo que se pueden tomar decisiones.

Caminamos por el mundo con un cierto nivel de certeza, con una sensación de que podemos controlar nuestras vidas. Cuando acontece un hecho traumático como lo es la muerte de un ser querido, especialmente cuando ésta es repentina, perdemos la sensación de que el mundo es un lugar sobre el que tenemos control. La muerte no sólo se lleva a la persona que amamos, sino también nuestro proyecto de vida, nuestras ilusiones, deseos y esperanzas.

La palabra duelo procede etimológicamente del término latino dolus, que significa dolor. En psicología, cuando hablamos del duelo nos referimos precisamente a la elaboración del dolor por la pérdida de algo o alguien. El duelo conlleva varias etapas: negación, ira, tristeza y aceptación. Estas etapas se presentan como cronológicas, aunque puede solaparse y no son necesariamente lineales.

La primera reacción ante la pérdida es la negación. Rosa Montero la describe muy bien en la frase que da título a una de sus novelas: ‘La ridícula idea de no volver a verte’. Esta frase ilustra a la perfección la incredulidad ante la pérdida, el decir “esto no puede estar pasándome a mí”. Pensar que no volveremos a ver a la persona que amamos produce un vértigo que lo convierte en absurdo, en ridículo. Frecuentemente, quienes acaban de perder a un ser querido se despiertan creyendo que ha sido una pesadilla y en cada despertar reviven la confusión y el desconsuelo.

Un episodio de la serie británica ‘Black Mirror’ ilustra cómo algunas personas pueden quedarse estancadas en esta fase. En este capítulo, titulado ‘Be Right Back’, se muestra un futuro en el que los muertos reviven gracias a la huella que dejan en internet: vídeos, imágenes, conversaciones, etc. Esta memoria virtual se inserta en un cuerpo artificial, creando una especie de clon. Así es como la protagonista del episodio crea un sucedáneo de su difunto esposo. La fantasía de no dejar ir a los muertos, de devolverles a la vida, no es nueva, es la esencia del‘Frankenstein’ de Mary Shelley.

Dejar ir a nuestros muertos es probablemente la tarea más dura a la que nos enfrentamos los vivos. De ahí la importancia de los ritos funerarios. Los vikingos depositaban a sus muertos en barcas, lo que simbolizaba la idea de dejarles marchar. Las barcas eran piras funerarias flotantes que ardían mientras se alejaban de las costas. Algo parecido sucedía en algunas regiones de la India.

Los velatorios y ritos funerarios ofrecen un espacio para despedirse y honrar al difunto y facilitan la elaboración de los duelos.

Poco a poco, la negación va dejando paso a la rabia. En esta etapa es normal que la persona busque culpables o proyecte su ira en los demás. Algunos autores distinguen las fases de rabia y tristeza. Sin embargo, es habitual que se alternen episodios de ira con otros de profunda pena.

Es importante permitir a la persona sentirse triste y expresar sus emociones negativas.

Si el duelo se desarrolla con normalidad, poco a poco la persona irá aceptando la pérdida y adaptándose a su nueva realidad. Irá reconstruyendo su proyecto de vida y volverá a experimentar alegría y ganas de vivir.

Algunos autores cifran en un año la elaboración del duelo, pero es difícil hablar de un periodo de tiempo concreto. Éste va a depender de factores como la personalidad, las capacidades resilientes, el tipo de vínculo que había con el difunto, las circunstancias de la muerte, el momento vital, las creencias religiosas y la calidad de la red de apoyo social… (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY)  – Uwe Richter-Summertime Sadness

Los mitos del amor: Celos y amor verdadero

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

El 70% de los españoles se confiesa bastante o muy celoso. A este cálculo llega el psicólogo social C. Yela, tras analizar los estudios de J. Burillo y otros autores.

Este dato vendría a corroborar la creencia de que los celos son la consecuencia natural del amor verdadero entre dos personas. En palabras de Miguel de Cervantes, “que los celos se engendran, entre los que bien se quieren, del aire que pasa, del sol que toca, y aun de la tierra que pisa”.

Contamos con un largo bagaje cultural que legitima los celos como un resultado inevitable del acto de amar. Así lo han asegurado novelistas, dramaturgos, poetas, músicos y cineastas.

Esta asociación entre amor y celos proviene de una mala comprensión del sentimiento amoroso. Concretamente de entender al ser amado como una posesión.

Hay cierta tendencia a pensar en la pareja como en algo que es de nuestra propiedad. De la misma manera que hay cierto temor a reconocer a la pareja como un ser humano diferente, con sus propios deseos y necesidades, pues verla así implica asumir el gran riesgo de amar. ¿Y cuál es el gran riesgo de amar? El de perder al ser amado.

Si concebimos a la persona amada como un igual que ha hecho la libre elección de compartir su vida con nosotros, eso beneficia a nuestra autoestima. Alguien a quien admiramos y respetamos nos escoge cada día como compañero. No nos escoge una vez, en un acto de locura transitoria, sino que lo hace cada día.

A cambio del bienestar que produce un amor así, corremos el riesgo de que un día esa persona escoja libremente salir de nuestras vidas, porque no nos pertenece y en su libertad puede abandonarnos. No es una cuestión fácil de resolver. Algunas personas renuncian a enamorarse o a vivir en pareja por el temor a ser abandonadas. El amor es un riesgo y amar bien, un acto de valentía.

Sobre la idea de “amar bien” escribe el filósofo y psicoanalista E. Fromm. En su famoso ensayo ‘El arte de amar’asegura que “El amor como satisfacción sexual recíproca […] y como refugio de la soledad, constituyen las dos formas ‘normales’ de la desintegración del amor en la sociedad occidental contemporánea, de la patología del amor socialmente determinado”.

Los celos formarían parte de esa patología amorosa de la que habla Fromm, del temor a estar a solas con uno mismo. Este miedo surge cuando pensamos que no somos una buena compañía para nosotros mismos, es decir, cuando tenemos una mala autoestima. Por tanto podemos decir que los celos son el resultado de la inseguridad.

Perder al ser amado es siempre doloroso, pero a una persona con buena autoestima le resulta más fácil correr ese riesgo. Esto se debe a que, por un lado, cree que es merecedor del amor del otro y eso disminuye el miedo al abandono, y, por otro lado, si esto sucediese, cree en sus posibilidades de encontrar otra pareja. Aún hay más, cree que él es una buena compañía para sí mismo y por tanto estar sin pareja es, como poco, tolerable. Por supuesto estos razonamientos no suceden en el plano de la conciencia.. (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY)  – Zlatko Vickovic – they are spying on you

¿Qué nos lleva a la infidelidad?

 

Celia Arroyo

Psicóloga y psicoterapeuta

(Publicado originalmente en el blog del Instituto Palacios de Salud de la Mujer)

 

“Cuando entra una pareja en la sala de terapia que lleva más de siete años de convivencia/matrimonio, existe una probabilidad de más de un 50% de que uno de los dos, o los dos, hayan tenido relaciones extramatrimoniales/infidelidades”

Annette Kreuz

La infidelidad es uno de los grandes tabúes de nuestra realidad social. Algo que aparentemente la mayoría de la población condena públicamente, pero que sucede con más frecuencia de la que imaginamos.

Antes de continuar con el tema que nos ocupa, me gustaría puntualizar que el objetivo de este artículo no es posicionarse a favor o en contra de la infidelidad, sino ofrecer una reflexión sobre esta realidad soterrada desde el punto de vista de la psicología. Ésta, por definición, está o debería estar exenta de los juicios morales ortodoxos que sirven como guía de la conducta humana.

La psicología se aleja de la dicotomía bueno/malo para adentrarse en las motivaciones de la conducta del individuo y el análisis de las consecuencias que ésta tiene sobre su vida.

Definir la infidelidad es algo complejo, pues para algunas personas la sola atracción por una persona distinta a la propia pareja constituye una infidelidad. Para otras, fantasear con un tercero es legítimo siempre que la fantasía no se lleve a la práctica. La mayoría de las personas consideran que la infidelidad se produce cuando hay un encuentro sexual con otra persona distinta a la pareja. Hay quienes distinguen entre encuentros sexuales con penetración y sin ella. La penetración constituye para muchos una barrera que diferencia la infidelidad. También hay personas para las que la infidelidad reside fundamentalmente en la implicación romántica con un tercero. De esta forma, el denominado “sólo sexo” no constituye una verdadera infidelidad.

Fidelidad y lealtad son conceptos estrechamente ligados. Resulta curioso cómo muchas de las manifestaciones de la deslealtad en la pareja están exentas del rechazo social que se aplica a la infidelidad. Un caso típico es el de la persona que constantemente habla mal de su pareja cuando ésta no está presente, o el abandono emocional por cuestiones de trabajo. A menudo, estas deslealtades son la causa de la infidelidad por parte del que experimenta la deslealtad.

Dentro de los mitos asociados a la infidelidad, encontramos el de que es más habitual en los hombres que en las mujeres. Como contesta el catedrático de psicología social de la UAM José Miguel Fernández Dols en las jornadas “Hombres, mujeres: encuentros y desencuentros/ La psique del amor” acerca de la mayor predeterminación genética de los hombres hacia la infidelidad  “El 14% de los niños nacidos en familias estables en la sociedad norteamericana no corresponden genéticamente al padre, es decir, la maternidad es un hecho y la paternidad es una opinión”. J.M Frenández Dols, que dirige el departamento de ciencias afectivas de la UAMse refiere a los famosos estudios de Nicole Gerlach en la Universidad de Indiana.

El cine se ha ocupado de normalizar la infidelidad femenina, asociándola a grandes historias de amor en las que el espectador comprende y perdona los sentimientos de la protagonista. Tal es el caso de filmes comoa’‘Casablanca ‘Los puentes de Madison’ y El paciente inglés’.

Las personas que acuden a terapia habiendo tenido una relación extramatrimonial lo hacen generalmente con un alto grado de ansiedad, confusión y sentimientos de culpa.

La mayoría de los psicoterapeutas coinciden en que la infidelidad es un indicador de que algo en la relación de pareja no funciona bien  . (sigue leyendo)

 


 

Foto: (CC BY) Rehan Jamil – DSC_1787-1.